Cuando le dices a alguien que no tienes horario, lo primero que piensa es que vives de vacaciones. Que te levantas cuando quieres, trabajas un rato y el resto del día es tuyo. Mi experiencia, después de muchos años emprendiendo y de haber dirigido a muchas personas, es justo la contraria: el precio de no tener horario casi nunca es trabajar menos. Es trabajar más, y sin darte cuenta. Te cuento lo que he aprendido, cómo es hoy un día mío y las normas que me pongo para que la libertad no se convierta en una jaula.
¿Qué es lo primero que se descontrola cuando trabajas sin horario?
Las horas. Pero no como cree la gente.
Mucha gente piensa que, sin horario, vas a dedicar demasiado tiempo a tus cosas personales. Algún día te puede pasar. Pero lo normal es lo contrario: acabas dedicándole muchísimo más tiempo al negocio del que le dedicabas antes a tu trabajo.
Lo vi muy claro cuando dejé teletrabajar a mi equipo. Un amigo y mentor ya me lo había advertido: el mayor problema llega cuando la gente tiene más libertad. Porque cuando tienes libertad, o tienes muy claras tus prioridades o te las saltas a la torera.
Y pasó. Tuve que insistirles una y otra vez, estar encima de ellos. Pero no para que cumplieran sus horas mínimas, sino para que dejaran de trabajar cuando ya había terminado su jornada. Ellos no se daban cuenta, pero eso les iba a quemar.
Lo veo muchísimo hoy: gente trabajando hasta altas horas de la noche en cosas que no son importantes. No es falta de ganas. Es falta de prioridades claras.
¿Cómo es un día normal mío?
Lo organizo alrededor de tres áreas que para mí son igual de importantes: salud, dinero y amor.
En salud entra el deporte, la comida y también la salud mental. Para mí la salud mental es fundamental. He visto demasiados casos graves a mi alrededor como para tomármela a la ligera. Así que necesito momentos tranquilos cada día: leer, escribir un rato en un cuaderno, escuchar música o dar un paseo.
En amor entra el amor propio: tiempo para pensar, para escribir y para darme algún capricho. Los míos son sencillos. Leer en una cafetería con un buen café de especialidad es de mis favoritos. Y, por supuesto, entra el tiempo con mi pareja, mi familia y mis amigos.
En dinero entra la gestión, que es poca y semanal, y la creación de dinero, que es el negocio.
Un día normal, que voy ajustando según la época del año y el sitio donde esté, es así:
Al levantarme: doy gracias por el día, medito un poco y salgo a andar. Unos cuatro días a la semana hago fuerza, y aprovecho para escuchar algo de mentalidad.
Primera parte de la mañana: lo importante pero no urgente. Lo que solo puedo hacer yo: escribir a gente nueva, desarrollar el marketing. Nada de reuniones.
Comida temprana, sobre la una o una y media, y un rato de descanso.
Después: un bloque de formación.
Tarde: reuniones y conversaciones. Lo importante ya está hecho, y ahora toca el día a día: presentar el negocio, acompañar a quien empieza.
Cena entre las ocho y las nueve y media, aunque algún día ceno a las once si hay algo más importante. Y luego, un rato de desconexión.
¿Cómo sé si mi día ha estado equilibrado?
Por cómo llego a la noche.
Una amiga nutricionista me dijo una vez que, si después de comer te mueres por algo dulce, es que al plato le faltaba equilibrio. Si en una ensalada pones algo de fruta, algo de frutos secos y algo salado, luego no necesitas el postre.
Yo veo mi día como ese plato. Si por la noche siento que necesito ver una serie o vídeos de YouTube sin parar, es que durante el día me ha faltado diversión o desconexión. Entonces lo compenso al día siguiente.
Cada día empieza de cero. No controlo todo lo que pasa en mi vida, pero sí cómo lo vivo.
¿Qué es lo peor de no tener horario que casi nadie cuenta?
Ser tu propio jefe.
Cuando trabajas para otro y sales del trabajo, tu jefe no te escribe. O no debería. Pero cuando el jefe eres tú, lo llevas en la cabeza y te habla todo el día. Si descansas, te dice que deberías estar trabajando. Si trabajas de más, te dice que deberías estar descansando.
Y en el fondo, lo difícil no es no tener horario. Es que nadie de fuera te marque las prioridades. Te las tienes que marcar tú.
En mi blog de viajes digo que viajar te enseña lo grande que es el mundo y lo iguales que somos las personas. Viajar es un viaje hacia fuera. Emprender es un viaje hacia dentro: aprendes a manejar tus emociones, a conocerte y a gestionarte mejor. Es un viaje maravilloso. Pero hay que hacerlo.
¿Cómo lo vive tu entorno?
Les resulta raro.
Hay quien te dice: "Como no tienes horario, vente y me echas una mano". Como si no estuvieras trabajando. Y trabajo igual. Otra cosa es que no vivo el trabajo como una jaula de la que estoy deseando salir.
Mientras escribo esto estoy en un crucero. He desayunado tranquilo y me he sentado un rato con el ordenador, un café y el horizonte delante. En media hora llegamos a puerto, cerraré el ordenador y bajaré. No lo hago porque tenga que hacerlo. Lo hago porque me gusta. Y eso a la gente le cuesta entenderlo: "Es fin de semana, no deberías trabajar". "Estás de vacaciones, no deberías trabajar". Si me apasiona, ¿por qué no iba a hacerlo?
También cuesta que entiendan que se puede vivir de ello. Cuando ya tenía 30 trabajadores, mi familia todavía me preguntaba: "¿Pero tú ganas algo de dinero?".
¿Qué normas me pongo para no trabajar a todas horas?
Las prioridades de las que te he hablado. Para mí, todas las áreas de mi vida son igual de importantes, y cada una tiene que tener su tiempo en mi día o en mi semana.
Después me pregunto qué acciones no puedo fallar en cada área. Y ojo: me permito fallar. El equilibrio no es algo que tengas siempre, es algo que buscas todo el rato. Te estás balanceando constantemente.
Al final, dejas de trabajar cuando sabes que has hecho lo importante. Cuando tienes claro qué está en tu mano y qué no, y qué puedes hacer con el tiempo que tienes. Lo cuento también en ¿tu negocio te está dando libertad o te has creado otro empleo?
¿Volvería a tener un horario fijo?
No.
Este verano tuve que hacerlo. Mis ingresos habían bajado y estuve un mes conduciendo para Uber, de siete de la tarde a siete de la mañana. Me lo tomé como un reto y como una práctica. Y flipé. No entendía cómo la gente es capaz de dedicar tanto tiempo a algo que no es suyo, que no está construyendo y que le da tantos quebraderos de cabeza.
Si alguna vez tengo que volver a hacerlo, lo haré. Pero por elección, no lo volvería a hacer.
En resumen
¿Qué se descontrola primero sin horario? Las horas, pero hacia arriba: acabas trabajando más.
¿Por qué pasa? Porque sin prioridades claras te dedicas a cosas que no son importantes.
¿Cómo organizo mi día? Alrededor de salud, dinero y amor, con lo importante por la mañana y las reuniones por la tarde.
¿Cómo sé si mi día ha estado equilibrado? Si por la noche no necesito compensar con series o pantallas.
¿Qué es lo más difícil? Ser tu propio jefe: te habla todo el día.
¿Qué normas me pongo? Dar tiempo a cada área de mi vida y saber qué acciones no puedo fallar.
¿Volvería a un horario fijo? No, salvo que tuviera que hacerlo.
¿Quién te marca hoy las prioridades de tu día: tú o tu agenda?
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