Hay una frase que se repite mucho: cuando trabajas para otra persona, estás construyendo el sueño de otro.
Y sí, hay una parte de verdad en eso.
Cuando trabajas por cuenta ajena, normalmente tu tiempo está medido por horas. Puede que tengas algún variable, alguna comisión o algún incentivo por producción, pero lo normal es que la mayor parte de lo que cobras dependa de que estés presente durante un número determinado de horas.
Y el tiempo es el recurso más limitado que tienes.
El dinero, en cambio, puede dejar de ser limitado. Si mañana te toca la lotería, de repente tienes 20.000, 40.000 o un millón de euros más. El dinero puede aumentar.
Pero no puedes comprar más tiempo.
No puedes trabajar 24 horas al día. Necesitas dormir, descansar, estar con otras personas, pensar, desconectar y hacer cosas que no tengan nada que ver con producir.
Por eso, si estás trabajando para otra persona, es importante que entiendas qué estás entregando. No estás entregando solamente ocho horas. Estás entregando tu tiempo, tu energía, tu capacidad de concentración y tu capacidad de crear.
Ahora bien, también te digo una cosa: tu trabajo actual puede enseñarte muchísimo sobre el negocio que quieres construir.
A mí me lo ha enseñado mi última experiencia como conductor de Uber.
¿Qué diferencia hay entre trabajar para otro y construir tu propio negocio?
La diferencia principal es que, cuando tienes un negocio propio, en teoría estás trabajando para construir algo que has elegido tú.
Has definido qué quieres conseguir y cada día dedicas una parte de tu tiempo a acercarte a ese objetivo.
Cuando trabajas para otra persona, en cambio, la mayor parte de tu energía está puesta en los objetivos de otra empresa.
Y esto no es necesariamente malo. Una empresa te puede dar estabilidad, aprendizaje, contactos y experiencia. El problema aparece cuando te olvidas de que estás utilizando tu recurso más importante para construir algo que no es tuyo y que tiene unos límites muy concretos.
En un empleo, muchas veces puedes trabajar más y cobrar prácticamente lo mismo. Puedes producir más, pero el variable solo representa una parte pequeña de tus ingresos. Tu tiempo sigue estando limitado por un horario, por un turno o por las necesidades de la empresa.
En un negocio propio ocurre algo diferente.
Al principio trabajas mucho para ganar poco. Incluso puedes trabajar mucho más que en un empleo y ganar menos durante un tiempo.
Pero estás construyendo algo que puede crecer más allá de las horas concretas que estás trabajando.
Eso no significa que un negocio sea fácil ni que vayas a ganar más automáticamente. Significa que la relación entre tu tiempo y lo que puedes construir no está tan limitada como en un empleo.
Y esa diferencia solo tiene sentido si estás dispuesto a trabajar, aprender y hacer las acciones necesarias. Si no, simplemente has cambiado un trabajo por una fantasía.
¿Qué puede enseñarte un trabajo cuando ya no quieres seguir ahí?
Durante el mes que trabajé como conductor de Uber viví una situación bastante incómoda.
No era un trabajo que tuviera sentido para mí a largo plazo. Además, el cansancio físico empezó a ser importante. Muchas horas sentado, dolor de espalda, poca luz solar, horarios que alteraban completamente el descanso y una retribución que no compensaba el desgaste.
Y ahí aparece una parte que muchos empresarios, especialmente los que trabajamos solos, no queremos mirar.
A veces necesitas volver a una situación de dolor para reaccionar.
Dolor físico. Dolor de tiempo. Dolor de energía. Dolor de no poder vivir como quieres.
Porque cuando estás más o menos cómodo, puedes pasarte meses haciendo cosas que no funcionan. Te dices que estás trabajando, que estás avanzando, que ya cambiarás algunas cosas, pero sigues haciendo lo mismo.
Sin embargo, cuando te encuentras trabajando muchas horas, llegando cansado a casa y teniendo solamente dos horas al día para dedicar a tu propio negocio, la situación cambia.
De repente esas dos horas compiten con tu vida social, con tu descanso y con cosas necesarias de tu día a día.
Y además compiten por un dinero mucho menor.
En ese momento piensas: “Mierda, o lo meto con mi negocio o me quedo aquí toda la puta vida”.
Y eso fue lo que me ocurrió.
No volví a trabajar como conductor porque hubiera cerrado mi negocio. Volví porque el negocio no estaba funcionando como debía y necesitaba enfrentarme a esa realidad.
Durante ese mes vi muchas acciones improductivas. Vi decisiones operativas incorrectas. Vi cosas a las que estaba dedicando tiempo y que no estaban acercándome a ningún resultado.
Y di un giro de 180 grados a la forma en la que estaba trabajando.
¿Por qué es importante hacer bien un trabajo aunque no sea tu proyecto definitivo?
Desde el primer momento intenté entender qué esperaba la empresa de mí.
No quería limitarme a conducir y ya está. Quería saber qué necesitaban, qué objetivos tenían, cómo funcionaba su modelo, cuál era su margen de producción y qué esperaban conseguir con el trabajo que yo hacía.
Si estoy trabajando para ti, quiero entender qué necesitas de mí y cómo puedo ayudarte a conseguirlo.
Después pensé en mi propia experiencia como pasajero de Uber.
¿Cuándo me habían tratado mejor?
Normalmente era cuando el conductor me saludaba al entrar, cuando me ayudaba con las maletas, cuando me preguntaba si estaba bien de temperatura o si quería escuchar algún tipo de música.
También cuando entendía que no todo el mundo quiere hablar.
Si el pasajero quería conversar, conversabas. Si no quería hablar, le dejabas tranquilo.
Así que convertí todo eso en mis mínimos de trabajo:
Saludar siempre.
Preguntar si la temperatura estaba bien.
Ofrecer música.
Tener el coche limpio y con buen olor.
Ayudar con el equipaje.
Adaptarme al pasajero.
Hablar en su idioma cuando era posible.
Dar recomendaciones si era una persona que visitaba Madrid.
No necesitaba estar especialmente motivado para hacer esas cosas. Eran el sistema mínimo.
Además, como hablo inglés, italiano, francés y español, cuando recogía a personas extranjeras les preguntaba si era su primera vez en Madrid. Les preguntaba qué habían visto, qué querían visitar y les recomendaba lugares desde mi experiencia como madrileño.
A veces las conversaciones terminaban hablando de emprendimiento. Cuando comentaba que tenía un negocio aparte, algunos pasajeros me preguntaban por él o por el propio modelo de Uber.
De ahí salieron aproximadamente 15 contactos que me escribieron después en redes sociales para seguir hablando.
También generé cerca de 150 euros en propinas durante un mes, que para Uber es una cantidad bastante alta. Tuve muy buenas reseñas: no tenía valoraciones de cuatro y pico, tenía valoraciones de cinco. Y Uber me subió de categoría antes del tiempo que estaba establecido.
No hice nada extraordinario.
Hice muy bien lo básico y, cuando tenía energía, añadía algo más.
¿Por qué un sistema es más importante que la motivación?
Esto es algo que yo ya sabía, pero en Uber pude verlo de una manera muy práctica.
Cuando tienes un negocio propio y eres un emprendedor individual, tu estado de ánimo puede afectar muchísimo a tu rendimiento.
No tienes un equipo al lado que te empuje. No tienes un jefe que te diga que llegues a una hora concreta. No tienes a nadie que te obligue a hacer esa llamada, crear ese contenido o revisar esos datos.
Y esto es curioso.
Tú montas un negocio buscando dinero, libertad y calidad de vida, pero luego permites que tu estado de ánimo decida si vas a trabajar bien o no.
Por eso es tan importante tener sistemas.
Un sistema consigue que tu peor día de trabajo sea el mejor día de trabajo de tu competencia.
Si tú tienes definidos unos mínimos y eres capaz de cumplirlos incluso cuando estás cansado, desmotivado o no tienes un buen día, ya estás por encima de muchas personas que trabajan únicamente cuando están inspiradas.
Y luego, cuando estás en flow, cuando tienes energía y estás en un buen momento, puedes subir todavía más el nivel.
Una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones.
Así que tienes que identificar cuál es tu eslabón más débil y hacerlo más fuerte. Si tu peor día sigue siendo mejor que el estándar habitual de tu competencia, tienes una ventaja enorme.
Esto sirve para cualquier trabajo y para cualquier negocio.
¿Qué no quieres repetir cuando construyes un negocio?
Uber también me confirmó muchas cosas que no quiero volver a construir.
La primera es depender de unos horarios concretos.
Trabajar de noche, por ejemplo, es muy machacante. Una sola noche en la que no descansas bien puede trastocarte dos o tres días de energía.
Y si tus ingresos dependen de estar en una franja horaria concreta, no tienes demasiadas opciones. Tienes que estar ahí, aunque ese horario no encaje con tus ritmos personales.
También está la dependencia de la aplicación y de la producción.
Tienes que adaptarte a las franjas en las que hay más demanda. Hay momentos en los que trabajas y no produces lo suficiente, y otros en los que podrías producir más, pero tu vida o tu descanso no te lo permiten.
Tampoco puedes elegir realmente con qué clientes trabajas.
Y eso es importante. En un negocio propio, aunque no siempre puedas elegir a todos tus clientes, deberías construir un sistema que te permita trabajar cada vez más con las personas a las que realmente puedes ayudar y con las que quieres relacionarte.
Luego está el desgaste físico.
Yo ya había dejado trabajos físicos porque no quería pasarme la vida sentado en un coche o delante de un ordenador. El cuerpo lo nota. Aparecen dolores de espalda, baja la energía, pasas menos tiempo al aire libre y duermes peor.
Y cuando duermes mal, todo lo demás se desordena.
Te alimentas peor porque el cuerpo te pide energía rápida. Te apetece comer más hidratos, descansas peor y entras en una cadena bastante complicada.
Al final no solamente pierdes horas de trabajo. Pierdes horas de vida.
Y yo ya había decidido que no quería construir negocios que me dieran ingresos a cambio de no tener vida.
¿Qué habilidades deberías desarrollar antes de emprender?
No basta con ser bueno técnicamente en aquello que haces.
Si quieres montar una panadería, no basta con ser buen panadero. Si quieres montar un negocio de ventas, no basta con saber vender.
Necesitas habilidades duras, pero también habilidades personales.
Tienes que saber organizarte. Comunicarte. Trabajar con objetivos. Cumplir compromisos. Aprender rápido. Medir tus resultados.
Y además necesitas habilidades blandas: escuchar, comunicarte de manera asertiva, entender a la otra persona y pensar de forma creativa.
Porque a ti no te pagan únicamente por resolver un problema.
Te pagan por cómo lo resuelves, por cómo ayudas a la persona, por cómo te relacionas con ella mientras lo resuelves y por la confianza que generas.
Dos empresas pueden ofrecer prácticamente el mismo servicio y diferenciarse completamente por la forma en la que lo entregan.
Da igual que seas muy bueno reparando coches si tu taller está sucio, devuelves los coches tarde, cobras más de lo acordado, gritas a los clientes o nunca contestas al teléfono.
Y esto también ocurre en un empleo.
Da igual que seas muy bueno haciendo tu función si eres un gilipollas, llegas tarde, te llevas mal con todo el mundo y nadie quiere trabajar contigo.
La calidad profesional no es solamente la habilidad técnica.
Es la suma de lo que sabes hacer, cómo trabajas y cómo haces sentir a las personas que dependen de tu trabajo.
¿Qué principios se repiten en cualquier trabajo y en cualquier negocio?
El primero es la responsabilidad.
Cuando aceptas un trabajo, te comprometes con otra persona a hacerte cargo de unas tareas y de unos resultados.
Pero en realidad también te estás comprometiendo contigo.
Si dices que vas a hacer algo y no lo haces, cada vez confías menos en ti. Y si tú no confías en ti, es complicado que los demás lo hagan.
Después está la constancia.
Trata tu negocio como tratarías un empleo del que dependiera tu sueldo. Si llegas tarde, cobras menos o te pueden despedir. Si no haces bien tu trabajo, ocurre lo mismo.
No puedes tratar el negocio como algo que haces únicamente cuando te apetece.
También tienes que atender bien al cliente. Si alguien te paga es porque espera que le ayudes a resolver un problema. Tienes que entender qué ha venido a buscar y entregarle aquello que le has prometido.
Tienes que formarte, aunque nadie te obligue.
En muchos trabajos la empresa no te da toda la formación que necesitas para avanzar. Así que tienes que buscarla tú. Lo mismo ocurre en un negocio.
Y tienes que medir.
Tus objetivos, tu producción, tus resultados y el tiempo que estás dedicando. Puedes medir cada día, cada semana, cada quince días o cada mes, pero no puedes trabajar a ciegas.
Yo mediría como mínimo dos o tres veces al mes.
Por último, tienes que cuidar la energía que aportas.
Si tienes mala energía, poca gente quiere trabajar contigo, contratarte o recomendarte. Da igual que seas muy bueno técnicamente.
Tú tienes que aportar energía por encima de la media del lugar en el que estés. Y si esa energía no se valora ahí, probablemente la vida te llevará a otro lugar donde sí se valore.
¿Qué deberías observar en tu trabajo antes de decidir emprender?
No te limites a pensar: “No me gusta mi trabajo, quiero montar un negocio”.
Observa qué problema resuelve la empresa. Cómo consigue clientes. Cómo vende. Qué tareas generan valor. Qué tareas son improductivas. Cómo mide sus resultados. Cómo atiende a los clientes. Qué errores comete.
Intenta entender cómo funciona por dentro.
Si trabajas para una empresa, preocúpate por saber cómo gana dinero y cómo puedes ayudarla a conseguir sus objetivos.
Si tienes un cliente que es una empresa, entiende qué servicio ofrece y en qué le estás ayudando.
Si trabajas con un proveedor, entiende qué hace, qué necesita y cómo encaja tu trabajo dentro de su sistema.
Todo eso te prepara para emprender.
Y recuerda algo importante: no te pagan solamente por una habilidad concreta.
Te pagan porque resuelves un problema, pero también por quién eres, cómo lo resuelves, cómo te comunicas y cómo tratas a las personas durante el proceso.
Tu trabajo actual puede ser una jaula o puede ser una escuela.
Depende de si solamente estás esperando que llegue el día de marcharte o si estás utilizando ese tiempo para aprender cómo funcionan los negocios, cómo se sirve a un cliente y qué tipo de profesional quieres ser cuando construyas el tuyo.
En resumen
¿Trabajar por cuenta ajena significa siempre estar construyendo el sueño de otro? No necesariamente, pero sí estás poniendo tu tiempo y energía al servicio de otro proyecto.
¿Qué puedes aprender de un trabajo que no te gusta? Responsabilidad, constancia, servicio, ventas, sistemas y gestión de energía.
¿Por qué es importante hacer bien un trabajo aunque no sea tu sueño? Porque te enseña a construir estándares profesionales y a cumplir tu palabra.
¿Qué diferencia hay entre motivación y sistema? La motivación te ayuda en los días buenos; el sistema evita que desaparezcas en los días malos.
¿Qué habilidades necesitas para emprender? Habilidades técnicas y habilidades personales: organización, comunicación, escucha, objetivos y compromiso.
¿Qué deberías observar antes de dejar tu empleo? Cómo funciona la empresa, cómo consigue clientes, cómo vende y qué problema resuelve.
¿Qué error deberías evitar? Pensar que emprender consiste solamente en dejar tu trabajo. Emprender exige que aprendas a trabajar con más responsabilidad, no con menos.
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